DRAGON DE APU-RIMAK
Vivía una dragona en una profunda cueva y húmeda con su pequeño dragón en lo alto de un peñasco cerca de una catarata alta en un sombrío territorio mágico llamado Kewñawayko. La dragona se llamaba Alsira, era orgullosa y caprichosa, y el nombre del pequeño dragón era Vanshiro. Y cierto día, cuando éste había cumplido sus diez años de vida la dragona decidió enseñarle a volar por primera vez, porque pensaba que las alas de su pequeño dragón estaban llenándose de grasa como de un pollo a diferencia de otros pequeños dragones de su misma edad.
Entonces una mañana al salir el sol más radiante por detrás de unas montañas emprendieron un largo viaje hacia el sur, saliendo así más allá de donde habitaban, hasta llegar a un nuevo territorio cuyo nombre era Apu-rimak y éste estaba formado por una cadena de vertebradas montañas nevadas, y en donde los sorprendió una tormenta con rayos y truenos.
Habían volado casi toda la mañana sin tomar descanso en medio de una cortina gris de lluvias como si hubiera sido un reto más ¡y como quien explora tierras vírgenes! desafiantes, aunque era la primera vez que hacían juntos una emocionante aventura. Seguían adelante, y no había entonces porqué temerlo lo que se aproximaba, porque muy pronto las suaves lluvias se transformaron en una tormenta violenta cada vez más azotadora y debido a esto iban a una baja altura porque el pequeño dragón empezaba a tiritar al sentir mucho frío si subían un poco más arriba al nivel de los picos blancos de las montañas.
Y el pequeño dragón seguía a su madre mojado por las lluvias planeando, batiendo las alas con fuerza por encima de los ríos rugientes, bosques oscuros, pueblos casi ocultos, iba tan maravillado fascinado por haber aprendido a volar por primera vez en su primer día, pensando que pronto volaría mucho más lejos solo. Aunque parecían extraviados y confundidos constantemente en medio de aquella tormenta intentaban abrirse paso, pero mientras continuaban así surcando vadeando las frías nieblas flotantes tuvieron un accidente fatal, que ni ellos mismos habían imaginado: pues, chocaron estrepitosamente contra las filudas rocas que eran una de las crestas más peligrosas de las vertebradas montañas del territorio desconocido, entonces ambos se precipitaron al abismo estrellándose sobre las hondonadas oscuras sembradas de rocas cubiertas por la nieve en medio de la neblina: la madre murió instantáneamente y el pequeño dragón afortunadamente sobrevivió, gracias a una doble capa de nieve amontonada quedándose huérfano…, y mal herido porque se estropeó gravemente las delicadas alas membranosas.
Estuvo atrapado así sin probar alimento varios días, hasta que despejado el cielo en una soleada mañana, dos niños pastores que iban detrás del rebaño numeroso de cabras, ovejas y llamas encontraron y lo rescataron. Al principio se asustaron de su horrible aspecto raro “¡es un dragón!” había exclamado una niña sobresaltada; pero después comprendieron de que no había nada malo en los ojos entristecidos de color amarillo del pequeño dragón. Y horas más tarde, a pesar de su horroroso aspecto raro se apenaron tanto de él; y era tan hermoso ver el color verde de su piel con sus finas escamas metálicas relucientes bajo el sol; y sus colmillos sobresalientes, sus cuernos cortos les decía que no era de muchos años. Entonces, al darse cuenta que estaba hambriento le dieron de comer mandarinas y le hicieron beber abundante agua en un cuenco de aluminio. El pequeño dragón para sorpresa de ellos había comido con qué ganas, y tan pronto, después de unas cuantas horas se repuso de fuerza hasta poder intentar caminar sobre sus cuatro patas; esto les puso aún contentos a los niños.
—Ahora tenemos un dragón ¿qué haremos Wendy? —dijo un niño.
—Cuidaremos de él—contestó la niña.
—Pero ¿cómo? —cuestionó el niño.
Ambos niños pensaron durante un largo momento en silencio. Y después de este largo silencio exclamó uno de ellos, Wendy:
—¡Hardy tengo una idea!
— ¿Cuál? —la miró a los ojos azules de la niña.
—Ocultaremos en algún lugar que…
—¡Ya sé!—interrumpió el niño asaltado por su idea—, buscaremos una cueva.
—No; mejor ocultaremos en el Castillo Prohibido.
—Pero todos sabemos que el alcalde es malo o papá o mamá nos encontrarán y me... —dijo el niño un poco temeroso.
Así lo decidieron. No era fácil encontrar una cueva. Entonces llevaron al misterioso viejo castillo de color plomo que se levantaba al cielo con sus numerosos torreones y que estaba en las proximidades de la aldea Wayambray con la vista al lago oscuro, y que estaba abandonado desde hacía muchos siglos atrás: quién sabe estaba habitado de arañas gigantes o fantasmas aullantes ya que nunca habían atravesado sus puertas chirriantes porque tenía la fama escalofriante de que desaparecían los intrusos, y precisamente era por esto que estaba prohibido el ingreso, tratándose de cualquier niño o niña peor todavía.
Primero esperaron la entrada de la tarde y acarrearon como sea camino por un sendero hasta un prado. Casi habían olvidado el miedo, que recordaron solamente cuando de pronto se encontraron ante el antiguo Castillo Prohibido que más parecía monstruoso.
—¿Tú tienes miedo? —preguntó Hardy antes de pasar al otro lado.
—No—dijo con firmeza Wendy casi llevando con brío la cabeza de arriba abajo, aunque sus delgadas piernas temblaban bajo sus jeans mal disimuladas.
—Entonces yo tampoco—dijo animado, Hardy.
Por un momento echaron las cabezas hacia atrás, para ver las fachadas del imponente castillo sombrío con numerosas ventanas desquiciadas balanceando al aire y bajo las atalayas y torreones que hincaban directamente el cielo azul. Varias aves oscuras que parecían murciélagos habían alzado el vuelo graznando agitando las alas entre las torres como si estuvieran todas recelosas por la presencia de los extraños intrusos. Y, luego tiraron del cuello del dragón con fuerza con la soguilla corta.
Una vez dentro, subieron jadeantes por las escaleras polvorientas hasta que pronto estuvieron en el piso circular de una de las torres que era el campanario; unas cuatro enormes campanas colgaban desde el techo, y allí arriba a cada rato azotaba los fríos vientos silbantes al entrar por las cuatro altas ventanas. Había mucha paja seca esparcida por los rincones, así que en seguida pusieron manos a la obra: juntaron rápidamente al centro y sobre lo que se echó el debilitado dragón gruñendo y cansado. Randy y Wendy corrieron a una de las ventanas y se asomaron para ver desde allí arriba la aldea Wayambray aunque a esas horas generalmente nadie acostumbraba levantar la vista al acantilado para ver el monstruoso castillo misterioso ni mucho menos a las doradas y taciturnas montañas al caer el sol detrás; y luego se apartaron de allí rápidamente antes que la noche les cayera encima.
Esto era el campanario desde donde redoblaban en noches de luna llena tocadas por alguna mano invisible en una de las torres del Castillo Prohibido; pero a los pocos días apareció incendiada, saliendo humo por las ventanas como si fuera una gran chimenea. El pequeño dragón había echado fuego sobre su colchón y muy pronto descubrieron los aldeanos y pasaron la voz al alcalde lo que ocurría allí arriba en el torreón del castillo. Cinco hombres armados con garrotes irrumpieron en el castillo viejo y encontraron al pequeño dragón refugiado en un rincón arrimado contra la pared sudorosa de piedras ensambladas.
El señor Jerónimo y la señora Geraldina, los padres de Hardy enterados de esto le prohibieron a que siguiera teniendo por amiga a aquella niña llamada Wendy, y a ella (quién ni siquiera tenía padres) tampoco la perdonaron, pues, los aldeanos encabezados por el alcalde los prohibieron terminantemente de que siguieran teniendo a esa horrible bestia rara; y lo peor advirtieron que si no quitaban de la vista a cuantos no agradaba: casi juraban de que lo desollarían o quemarían vivo en la plaza de la aldea públicamente sin piedad sobre un altar de una gran piedra plana como se hace un sacrificio a los dioses. Ya que la mayoría de los aldeanos y el propio alcalde coincidían en que se trataba de un chupacabras y sin duda (pensaban) que había caído la maldición de las montañas sobre Wayambray, lo cuál no era cierto. ¡Estaban equivocados! Lo que tenían allí no era un ejemplar de chupacabras y alado, aunque les pareciera así, sino, seguía siendo un hermoso y pequeño dragón con sus escamas metálicas duras casi como el hierro provistas de un par de cuernos por encima de las orejas pequeñas, unas alas grandes y membranosas como paraguas negras; y una cola larga como serpiente capaz de derribar a un toro de un solo coletazo. Hardy y Wendy se daban cuenta perfectamente. Ellos se opusieron firmemente para salvar la vida del pequeño dragón. Así que una vez desalojados del campanario de aquel viejo castillo tenían que llevar cada noche a una próxima cueva oscura de la aldea para atarlo con una cadena de hierro de una de sus patas a una gruesa estaca plantada en medio del suelo, en donde podía dormir feliz bajo las centelleantes luces amarillas de dos antorchas hechos de calcetines empapados en gasolina.
De día llevaban junto con las ovejas y cabras o alpacas y llamas a los campos abiertos ya que el dragón podía andar con sus cuatro patas firmemente, de vez en cuando extender y agitar también las alas en el aire como hace un ave. Aprendió comer de todo, prefería manzanas, mandarinas, hierbas frescas y ¡cómo no¡ pescados y hojas de Kayara y algunos gusanos limpios.
Lo que más los emocionaba a los niños era ver cada día reponerse al pequeño dragón, ver andar graciosamente con sus pasos felinos, también recuperado el poder del vuelo, y salían por eso contentos fuera de la aldea con mucha frecuencia sin falta ya que allí podían pasar juntos y jugar felices hasta que por lo menos volvieran a la escuela en abril. Se estaban divirtiendo mucho. Y pronto tuvieron otra idea más, se dedicaron durante este tiempo a adiestrarlo para que un día pudieran ser, ¡de verdad!: “Jinetes del dragón” así como en las leyendas o viejos cuentos; y montaban y se apeaban como si fuera un caballo manso en vez del dragón.
Y así mucho tiempo protegieron, alimentaron hasta que se iba haciendo cada vez más: grande y fuerte.
Un día Hardy y Wendy le pusieron una rienda con una cadena de hierro y se ingeniaron una buena silla de montar y treparon sobre el lomo del pequeño dragón; y en luego desplegando las alas se encabritó el dragón sobre sus dos gruesas patas y en seguida provistos de una buena fiambre de manzanas, mandarinas y caramelos que habían comprado en la tienda de la aldea partieron sin rumbo; y sobrevolaron por todo el territorio de Apu-rimak remontando las montañas nevadas avistando los profundos ríos, cañones sombreadas, bosques oscuros, ciudades y pueblos ocultos como en aquella vez y llegaron hasta la ciudad del Cusco en donde pasaron por medio de la plaza de armas muy cerca al palacio del rey. Su sombra era tan grande, y el rey a esa hora del medio día estaba celebrando la fiesta del Inti Raymi, compartiendo con sus súbditos ricos manjares entre ellos: pan de urcos, chicha morada, refrescos de tánkar, y los señores cortesanos estaban apurando las bebidas en copas de oro.
—Mira el rey—dijo Hardy señalando con el dedo desde arriba.
—También hay muchos niños allá abajo—contestó Wendy observando a un grupo de niños que se aglomeraban y que los miraban desde allí abajo, todos boquiabiertos como asombrados.
—¿Tú crees que podemos bajar a comprar un poco de refresco de tánkar? No hemos traído agua, tengo mucha sed y una monedas de…
—No, será mejor que volvamos, tal vez caemos prisioneros—dijo Wendy testaruda.
Todos se asustaron, incluyendo el rey que se le cayó de la cabeza la corona de oro por llevar los ojos al cielo; y su ave favorito quetzal que entonces estaba posado sobre su rodilla echó a volar. Pero ellos pasaron riendo, y hablando en voz alta, gritando a todo pulmón para saludarlos agitando las manos emocionados de ver aquella ciudad extraña de pura piedra circulando autos como escarabajos de variados colores por sus calles angostas empedradas; y en seguida volvieron contentos hacia el territorio de Apu-rimak, surcando nuevamente las algodonadas nubes plateadas; mirando desde allí arriba con las caras golpeadas por el helado viento como en las ventanas en el torreón del campanario del Castillo Prohibido, otra vez sobre los profundos ríos rugientes, las ciudades y los pueblos ocultos entre las nevadas montañas sombrías hasta que pronto estuvieron de vuelta en la aldea, allá en la meseta fría rodeada por las macizas y eternas montañas también nevadas.
—¡Qué aventura! —dijo Hardy sonriendo cuando aterrizaron en el centro de la plaza de armas de forma circular de Wayambray al ver a varios niños gritando que galopaban hacia ellos…
—Es la primera—contestó Wendy con su cabello dorado ondeando como una bandera con la suave brisa.
Y el pequeño dragón una vez llegado al suelo de Wayambray se encabritó y respiró jadeante, botó un poco de fuego azul por las fauces abiertas fruncidas y estiró las alas poderosas agitando antes de guardarlas para después descansar hasta la próxima nueva aventura con Hardy y Wendy.
Entonces una mañana al salir el sol más radiante por detrás de unas montañas emprendieron un largo viaje hacia el sur, saliendo así más allá de donde habitaban, hasta llegar a un nuevo territorio cuyo nombre era Apu-rimak y éste estaba formado por una cadena de vertebradas montañas nevadas, y en donde los sorprendió una tormenta con rayos y truenos.
Habían volado casi toda la mañana sin tomar descanso en medio de una cortina gris de lluvias como si hubiera sido un reto más ¡y como quien explora tierras vírgenes! desafiantes, aunque era la primera vez que hacían juntos una emocionante aventura. Seguían adelante, y no había entonces porqué temerlo lo que se aproximaba, porque muy pronto las suaves lluvias se transformaron en una tormenta violenta cada vez más azotadora y debido a esto iban a una baja altura porque el pequeño dragón empezaba a tiritar al sentir mucho frío si subían un poco más arriba al nivel de los picos blancos de las montañas.
Y el pequeño dragón seguía a su madre mojado por las lluvias planeando, batiendo las alas con fuerza por encima de los ríos rugientes, bosques oscuros, pueblos casi ocultos, iba tan maravillado fascinado por haber aprendido a volar por primera vez en su primer día, pensando que pronto volaría mucho más lejos solo. Aunque parecían extraviados y confundidos constantemente en medio de aquella tormenta intentaban abrirse paso, pero mientras continuaban así surcando vadeando las frías nieblas flotantes tuvieron un accidente fatal, que ni ellos mismos habían imaginado: pues, chocaron estrepitosamente contra las filudas rocas que eran una de las crestas más peligrosas de las vertebradas montañas del territorio desconocido, entonces ambos se precipitaron al abismo estrellándose sobre las hondonadas oscuras sembradas de rocas cubiertas por la nieve en medio de la neblina: la madre murió instantáneamente y el pequeño dragón afortunadamente sobrevivió, gracias a una doble capa de nieve amontonada quedándose huérfano…, y mal herido porque se estropeó gravemente las delicadas alas membranosas.
Estuvo atrapado así sin probar alimento varios días, hasta que despejado el cielo en una soleada mañana, dos niños pastores que iban detrás del rebaño numeroso de cabras, ovejas y llamas encontraron y lo rescataron. Al principio se asustaron de su horrible aspecto raro “¡es un dragón!” había exclamado una niña sobresaltada; pero después comprendieron de que no había nada malo en los ojos entristecidos de color amarillo del pequeño dragón. Y horas más tarde, a pesar de su horroroso aspecto raro se apenaron tanto de él; y era tan hermoso ver el color verde de su piel con sus finas escamas metálicas relucientes bajo el sol; y sus colmillos sobresalientes, sus cuernos cortos les decía que no era de muchos años. Entonces, al darse cuenta que estaba hambriento le dieron de comer mandarinas y le hicieron beber abundante agua en un cuenco de aluminio. El pequeño dragón para sorpresa de ellos había comido con qué ganas, y tan pronto, después de unas cuantas horas se repuso de fuerza hasta poder intentar caminar sobre sus cuatro patas; esto les puso aún contentos a los niños.
—Ahora tenemos un dragón ¿qué haremos Wendy? —dijo un niño.
—Cuidaremos de él—contestó la niña.
—Pero ¿cómo? —cuestionó el niño.
Ambos niños pensaron durante un largo momento en silencio. Y después de este largo silencio exclamó uno de ellos, Wendy:
—¡Hardy tengo una idea!
— ¿Cuál? —la miró a los ojos azules de la niña.
—Ocultaremos en algún lugar que…
—¡Ya sé!—interrumpió el niño asaltado por su idea—, buscaremos una cueva.
—No; mejor ocultaremos en el Castillo Prohibido.
—Pero todos sabemos que el alcalde es malo o papá o mamá nos encontrarán y me... —dijo el niño un poco temeroso.
Así lo decidieron. No era fácil encontrar una cueva. Entonces llevaron al misterioso viejo castillo de color plomo que se levantaba al cielo con sus numerosos torreones y que estaba en las proximidades de la aldea Wayambray con la vista al lago oscuro, y que estaba abandonado desde hacía muchos siglos atrás: quién sabe estaba habitado de arañas gigantes o fantasmas aullantes ya que nunca habían atravesado sus puertas chirriantes porque tenía la fama escalofriante de que desaparecían los intrusos, y precisamente era por esto que estaba prohibido el ingreso, tratándose de cualquier niño o niña peor todavía.
Primero esperaron la entrada de la tarde y acarrearon como sea camino por un sendero hasta un prado. Casi habían olvidado el miedo, que recordaron solamente cuando de pronto se encontraron ante el antiguo Castillo Prohibido que más parecía monstruoso.
—¿Tú tienes miedo? —preguntó Hardy antes de pasar al otro lado.
—No—dijo con firmeza Wendy casi llevando con brío la cabeza de arriba abajo, aunque sus delgadas piernas temblaban bajo sus jeans mal disimuladas.
—Entonces yo tampoco—dijo animado, Hardy.
Por un momento echaron las cabezas hacia atrás, para ver las fachadas del imponente castillo sombrío con numerosas ventanas desquiciadas balanceando al aire y bajo las atalayas y torreones que hincaban directamente el cielo azul. Varias aves oscuras que parecían murciélagos habían alzado el vuelo graznando agitando las alas entre las torres como si estuvieran todas recelosas por la presencia de los extraños intrusos. Y, luego tiraron del cuello del dragón con fuerza con la soguilla corta.
Una vez dentro, subieron jadeantes por las escaleras polvorientas hasta que pronto estuvieron en el piso circular de una de las torres que era el campanario; unas cuatro enormes campanas colgaban desde el techo, y allí arriba a cada rato azotaba los fríos vientos silbantes al entrar por las cuatro altas ventanas. Había mucha paja seca esparcida por los rincones, así que en seguida pusieron manos a la obra: juntaron rápidamente al centro y sobre lo que se echó el debilitado dragón gruñendo y cansado. Randy y Wendy corrieron a una de las ventanas y se asomaron para ver desde allí arriba la aldea Wayambray aunque a esas horas generalmente nadie acostumbraba levantar la vista al acantilado para ver el monstruoso castillo misterioso ni mucho menos a las doradas y taciturnas montañas al caer el sol detrás; y luego se apartaron de allí rápidamente antes que la noche les cayera encima.
Esto era el campanario desde donde redoblaban en noches de luna llena tocadas por alguna mano invisible en una de las torres del Castillo Prohibido; pero a los pocos días apareció incendiada, saliendo humo por las ventanas como si fuera una gran chimenea. El pequeño dragón había echado fuego sobre su colchón y muy pronto descubrieron los aldeanos y pasaron la voz al alcalde lo que ocurría allí arriba en el torreón del castillo. Cinco hombres armados con garrotes irrumpieron en el castillo viejo y encontraron al pequeño dragón refugiado en un rincón arrimado contra la pared sudorosa de piedras ensambladas.
El señor Jerónimo y la señora Geraldina, los padres de Hardy enterados de esto le prohibieron a que siguiera teniendo por amiga a aquella niña llamada Wendy, y a ella (quién ni siquiera tenía padres) tampoco la perdonaron, pues, los aldeanos encabezados por el alcalde los prohibieron terminantemente de que siguieran teniendo a esa horrible bestia rara; y lo peor advirtieron que si no quitaban de la vista a cuantos no agradaba: casi juraban de que lo desollarían o quemarían vivo en la plaza de la aldea públicamente sin piedad sobre un altar de una gran piedra plana como se hace un sacrificio a los dioses. Ya que la mayoría de los aldeanos y el propio alcalde coincidían en que se trataba de un chupacabras y sin duda (pensaban) que había caído la maldición de las montañas sobre Wayambray, lo cuál no era cierto. ¡Estaban equivocados! Lo que tenían allí no era un ejemplar de chupacabras y alado, aunque les pareciera así, sino, seguía siendo un hermoso y pequeño dragón con sus escamas metálicas duras casi como el hierro provistas de un par de cuernos por encima de las orejas pequeñas, unas alas grandes y membranosas como paraguas negras; y una cola larga como serpiente capaz de derribar a un toro de un solo coletazo. Hardy y Wendy se daban cuenta perfectamente. Ellos se opusieron firmemente para salvar la vida del pequeño dragón. Así que una vez desalojados del campanario de aquel viejo castillo tenían que llevar cada noche a una próxima cueva oscura de la aldea para atarlo con una cadena de hierro de una de sus patas a una gruesa estaca plantada en medio del suelo, en donde podía dormir feliz bajo las centelleantes luces amarillas de dos antorchas hechos de calcetines empapados en gasolina.
De día llevaban junto con las ovejas y cabras o alpacas y llamas a los campos abiertos ya que el dragón podía andar con sus cuatro patas firmemente, de vez en cuando extender y agitar también las alas en el aire como hace un ave. Aprendió comer de todo, prefería manzanas, mandarinas, hierbas frescas y ¡cómo no¡ pescados y hojas de Kayara y algunos gusanos limpios.
Lo que más los emocionaba a los niños era ver cada día reponerse al pequeño dragón, ver andar graciosamente con sus pasos felinos, también recuperado el poder del vuelo, y salían por eso contentos fuera de la aldea con mucha frecuencia sin falta ya que allí podían pasar juntos y jugar felices hasta que por lo menos volvieran a la escuela en abril. Se estaban divirtiendo mucho. Y pronto tuvieron otra idea más, se dedicaron durante este tiempo a adiestrarlo para que un día pudieran ser, ¡de verdad!: “Jinetes del dragón” así como en las leyendas o viejos cuentos; y montaban y se apeaban como si fuera un caballo manso en vez del dragón.
Y así mucho tiempo protegieron, alimentaron hasta que se iba haciendo cada vez más: grande y fuerte.
Un día Hardy y Wendy le pusieron una rienda con una cadena de hierro y se ingeniaron una buena silla de montar y treparon sobre el lomo del pequeño dragón; y en luego desplegando las alas se encabritó el dragón sobre sus dos gruesas patas y en seguida provistos de una buena fiambre de manzanas, mandarinas y caramelos que habían comprado en la tienda de la aldea partieron sin rumbo; y sobrevolaron por todo el territorio de Apu-rimak remontando las montañas nevadas avistando los profundos ríos, cañones sombreadas, bosques oscuros, ciudades y pueblos ocultos como en aquella vez y llegaron hasta la ciudad del Cusco en donde pasaron por medio de la plaza de armas muy cerca al palacio del rey. Su sombra era tan grande, y el rey a esa hora del medio día estaba celebrando la fiesta del Inti Raymi, compartiendo con sus súbditos ricos manjares entre ellos: pan de urcos, chicha morada, refrescos de tánkar, y los señores cortesanos estaban apurando las bebidas en copas de oro.
—Mira el rey—dijo Hardy señalando con el dedo desde arriba.
—También hay muchos niños allá abajo—contestó Wendy observando a un grupo de niños que se aglomeraban y que los miraban desde allí abajo, todos boquiabiertos como asombrados.
—¿Tú crees que podemos bajar a comprar un poco de refresco de tánkar? No hemos traído agua, tengo mucha sed y una monedas de…
—No, será mejor que volvamos, tal vez caemos prisioneros—dijo Wendy testaruda.
Todos se asustaron, incluyendo el rey que se le cayó de la cabeza la corona de oro por llevar los ojos al cielo; y su ave favorito quetzal que entonces estaba posado sobre su rodilla echó a volar. Pero ellos pasaron riendo, y hablando en voz alta, gritando a todo pulmón para saludarlos agitando las manos emocionados de ver aquella ciudad extraña de pura piedra circulando autos como escarabajos de variados colores por sus calles angostas empedradas; y en seguida volvieron contentos hacia el territorio de Apu-rimak, surcando nuevamente las algodonadas nubes plateadas; mirando desde allí arriba con las caras golpeadas por el helado viento como en las ventanas en el torreón del campanario del Castillo Prohibido, otra vez sobre los profundos ríos rugientes, las ciudades y los pueblos ocultos entre las nevadas montañas sombrías hasta que pronto estuvieron de vuelta en la aldea, allá en la meseta fría rodeada por las macizas y eternas montañas también nevadas.
—¡Qué aventura! —dijo Hardy sonriendo cuando aterrizaron en el centro de la plaza de armas de forma circular de Wayambray al ver a varios niños gritando que galopaban hacia ellos…
—Es la primera—contestó Wendy con su cabello dorado ondeando como una bandera con la suave brisa.
Y el pequeño dragón una vez llegado al suelo de Wayambray se encabritó y respiró jadeante, botó un poco de fuego azul por las fauces abiertas fruncidas y estiró las alas poderosas agitando antes de guardarlas para después descansar hasta la próxima nueva aventura con Hardy y Wendy.




















































